La teta izquierda

Iba la teta muy coqueta,
escondida, acolchada,
pero sobre todo deseada.
Fue entonces la sorpresa,
quizás no tanto, la costumbre pedía volver a ser, a estar...
El lugar, casi le llevaba a gemir simplemente con su roce,
espléndida toda, protagonista de la escena,
y allí salió ella, abatida ante las manos de su Lobo,
besuqueada, muy ensalivada, mojada,
para dar paso al erizado más seco de su diana,
al oscurecido pezón: abultado.
Mordisqueada, suave, tierna
y como siempre sus ojos se cerraban dulcemente.
El tacto, el sonido, la sensación fue de volver a recuperar la travesura querida.
Caperucita estaba contenta.

Cuando nos quiten la palabra dejaremos de poder amar.
Un poemario desde la liturgia del poderoso deseo de estar.