recorro las comisuras y el perfilado de tu cuello,
goteando hasta babosear la sombra del deseo rígido y combatiente.
Transcurren las manos por el sudor de la espalda,
bajan hasta coger la carne más turgente, llena,
y que caiga mi cabeza sobre la tuya.
Juego entre los vellos de tus formas,
presiona vibrante mi cuerpo en el tuyo
y me dejo resbalar hasta sentir tu ropas al caer.

El sendero se convierte en esa carretera
que corre por los caminos más abyectos, casi despreciados,
pero consigo al final, saltar la barda y encontrarme dentro de ti.
Hallado el beso, la carne y tu frontera más cercana,
puedo, por fin, recuperar tu aliento
y golpear definitivamente tu rostro en el mio una y otra vez.
La sinfonía se hace acorde, unísona y demoledora,
el derribo de los cuerpos entregados al compás
da una sensación de huída, sin freno, sin miedo.