La piel eléctrica,
los sonidos del silencio,
la humedad del destino,
les llevaba, como el péndulo del reloj,
a oscilar
con un vaiven contagioso.
De pronto comprendieron
el lenguaje de su cuerpo,
que les pedía manos exploratorias,
quizas
la suavidad didáctica de sus piernas.
Y allí llegaron pegados, derretidos,
cara a cara,
casi untando manos sobre senos.
Pronto, la lentitud se convirtió en ritmo
y las frecuencias en sincrónica ansiedad,
nacía de la fuerza la languidez de un rostro
y el gemido de un llanto corrido.
La piel eléctrica,
empezó a enlucir una atmósfera
cargada, densa, penetrada.
Sus miradas estaban agotadas, levitaban
como una escandalosa canción de despertar.
Era heróico el amor
y bendito el camino.
