Dedos corridos sobre la piel
en la lentitud de tu mirada,
con el gesto de la mueca
y el labio mordido.
Pegadas las yemas como enérgicas,
casi untadas con miel,
jugosas, carnosas, delicias del deseo
que siempre aparece entre los dos.
Dedos entre tu vientre, por tu vientre
jugando a las mariposas
con el estómago vacío, incluso ruidoso,
frente a la más tierna de nuestras miradas.
Dedos, amados, vitoreados,
con la alegría de un triunfo anunciado,
de un trapiche donde extraer los frutos
que nos comeremos después.
