Epitafio para la tumba de un sueño

[Se creía dueño del mundo
y no era dueño de sí mismo.]

Pepe Hierro
Cuando el futuro rompió la calma,
¿fueron aquellos anhelos el fin del camino?

Fugitivo, te echo tanto de menos.
Despiértame del fracaso, del llanto,
déjame que vuelva a imaginarme la vida
sin un reloj impacientado por el duelo.

Ni si quiera, unas ridículas flores de plástico.
Lo doloroso no es morir,
sino hacerlo sin gloria, sin un velorio de plañideras,
sin un epitafio para su tumba.

Ha muerto un sueño,
no hubo misas ¿qué serán de ellos:
semen desahogado, tierra caliente de agosto,
el olor a naftalina? ¿llorarán perdidos en la playa,
en las olas subyugadas por la luna?

Prometo.
Nunca jamás volveré a tener la quimera del hijo abatido,
la del heredero de mi sueño.




Tarde apagada

[esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,]
Pepe Hierro




Hoy quisiera apagar la tarde,
besar el alma del último viento,
de la última luz
que se come el griterío de los estorninos.
Los rostros perdidos que no volverán,
la memoria del árbol cercenada en estos días,
la ausencia inconsistente de él, de ella.
La rabia impotente.
Ya no hay risas. Las palabras son escasas y huecas.
No todo puede ser instante
desolación, duelo, punto y seguido.
Huelen las peras de la cocina
y el olor del suelo fregado.
Luna adormece, más pasiva,
atornillada a la manta del sofá.
Lleva dentro amor,
resucita con cualquier caricia.
Suena en la radio ¿alguien sabe,
el nombre de esa canción?
- Al calor del amor en un bar.
Los bares, que lugares tan gratos para conversar.
Bailemos pegados amor,
¡no estás!
Nunca estás, son las burbujas,
del champán o será el recuerdo de Bolonia.
Invisible como siempre,
desde la ventana se intuye la luz de un pesquero.
Distancias y miradas, la mar
no tiene límites ni rejas que abrir.
Mi niño sueña, esta esperando,
y yo intento, sin poder, adelantarme,
correr para poder alcanzarle.
Duérmete, en tus manos está el cielo naranja de la tarde.
Ilustración: Lucien Freud

Sicalipsis de verano


[Es una hermosa noche de verano. 
Tienen las altas casas abiertos los balcones].
Antonio Machado


Moscas nocturnas, el silencio caliente.
La lujuria tumefacta, el pecado de verano,
tu desnudez ladina, pícara, soez.

Y la piel parece resbalarse,
pegajosa, maldita,
deseosa de vos, adicta.

En el caldeado berrinche,
el ventilador me acaricia suave,
tu mano y tu boca me buscan.

Algarabía de los sentidos enajenados,
quizás sea el estío más ímprobo,
pero ni el levante más recio nos achara.

No se secan nuestras ansias - Sigue.
Machucado, pero vivo, envergado,
volver a seguir, la piel melada.

Besos recurrentes, repetidos,
vuelve la lengua indulgente, benevolente,
profusa, sicalíptica, subversiva.



Geometría del deseo

Gusto cuadrado, lengua, seno y coseno.
Deseo morboso triangula la piel,
espalda, uñas, rectas, paralelas
trenes al infinito,
ojos circulares que enrojecen.
Lado menor, labio mayor,
hipotenusa que eriza la piel.
meridiano interior, pasión integral.
Proyecta tu amor en mi,
siempre fue así,
fiebre combatida con locura.
Trigonometría esférica de nuestras estrellas.

La teta izquierda

Iba la teta muy coqueta,
escondida, acolchada,
pero sobre todo deseada.
Fue entonces la sorpresa,
quizás no tanto, la costumbre pedía volver a ser, a estar...
El lugar, casi le llevaba a gemir simplemente con su roce,
espléndida toda, protagonista de la escena,
y allí salió ella, abatida ante las manos de su Lobo,
besuqueada, muy ensalivada, mojada,
para dar paso al erizado más seco de su diana,
al oscurecido pezón: abultado.
Mordisqueada, suave, tierna
y como siempre sus ojos se cerraban dulcemente.
El tacto, el sonido, la sensación fue de volver a recuperar la travesura querida.
Caperucita estaba contenta.

Cuando los dioses quieren castigarnos atienden nuestras plegarias


[Las despedidas producen una extraña sensación, hay en ellas algo de envidia, los hombres se van para poner a prueba su valor y si algo se pone a prueba es nuestra paciencia al prescindir de ellos o tal vez por lo bien que soportamos la soledad].
Karen von Blixen-Finecke 


Quizás para eso no hacía falta una guerra,
ni si quiera la culpa inútil fuera la merecedora de condena.
La piel dejaría de serlo, las promesas que no hiciera
y terminé por incumplir: aquellas colinas de Ngong.

Salimos del tren.

Las lágrimas, las gafas de sol, quizás, quizás se intuía la derrota.
Distintas brújulas “para seguir el rumbo”, pero ¿qué rumbos?
(como en la película), navegábamos en diferentes puntos cardinales.

Salimos de la vieja casa.

De nuevo la desesperanza, las mochilas pesadas, los regalos.
Meryl Streep recordando que la tierra fue creada redonda
para que no pudiéramos ver el final del camino.

Salimos de la felicidad.

Porque esa era nuestra auténtica isla en el desierto de los errores.
Entonces ella le pidió que se quedara, pero los besos supieron a final;
en las guerras siempre pierden todos.

Salí de tu casa, nunca te podré olvidar.

Tampoco nunca podré llorar, ni volver a ver África: lavarte el pelo en la sabana,
los cuentos que podríamos haber contado, mientras el sol se ocultaba;
hoy es nuestro amor el que lo hace.


Besos como polen de primavera

[hay besos que se dan con la mirada 
hay besos que se dan con la memoria]
Gabriela Mistral


El viento arrastró los besos
y la primavera contagió de saliva amorosa
los mordiscos del deseo,
            mientras, el sol, calentaba las sábanas.

Eran besos pegajosos, libados de miel,
como las cerezas en almíbar.
Y eran besos pluricarnales, repartidos,
             llovidos, esparcidos por todo el cuerpo.

Besayunos, caricias de aperitivo,
el vermut de la mañana, otro beso,
y los labios empezaban a acorcharse,
               a sentir el peso plomizo del deseo.

Pero no había beso que sobrara,
ni si quiera que cansara más allá del silencio
o del descanso de su cabeza en mi pecho:
              bésame.

Hambrienta de besos

[… y sobre tu alma
la pasión hambrienta de besos de fuego]
Federico García Lorca

Esta mañana no era hambre, sino el fuego que quemaba tu alma.
Con la luz de la aurora brillaban los ojos como perlas: piel, mucha piel.
Pero ahí estaba, junto a vos, balbuceando quereres.

Todo cambia y no cambia nada.
(Deseo adolescente, pensaba ella, quizás maduro pero intenso)
Velocidades diferentes, amor sabio e inversamente racional.

Tumbada, al final, resoplando como las aspas del ventilador.
Y un pequeño silencio seguido de más besos,
para de nuevo seguir.

Incandescente, luminiscente,… Ar Diente: comida.
Casi la boca pegada: el calor había agotado la saliva.
Mientras, hacíamos mover la cama con el vaivén de las caderas.

Y el mundo se volvía a detener,
tocada, tocado, hundido, resucitado,
aunque el gemido paraba solo por el instante de un rumor, de una palabra.



- ¿Sabes?, volvería a empezar otra vez.

El amor cadente es siempre ola

[Ninguna era tan bella como tú
durante aquel fugaz momento en que te amaba:
                                                        mi vida entera.]
Ángel González



Quizás la ola extensa culmine en la fina arena,
las querencias son estrechas, el recorrido es siempre largo:
navegando en el calor de tus senos y en la cercanía de tu piel.

Cadencia del sonido del viento, alegría de la vida serena,
rutina de trabajos, sudores, cansancios en el vivir:
unidos en la yerba del deseo y en las ganas de amar.

Alguna vez cuando los sueños se cumplan
las frutas sabrosas del recuerdo traerán al cielo el ángel que eres:
demasiados cosas, demasiadas razones para decir "te quiero".

Vagabundo de tu lecho

[And kiss her lips and take her hands;
And walk among long dappled grass]
W.B. Yeats

Errante por las calles
vagabundo de tu lecho.

Peonza en su recorrido,
gastando el tiempo, dejándolo ir
paseante perdido, recordando colores,
imágenes de la piel arañada y trabajada.

Entre el destino y lo posible
equilibrista de amores y quereres,
ansioso de cabalgar sueños,
de merodear por tu vida, para quedarme.

Palabras graves (ella se despide),
otra vez, otro día, otra cita,
la casa, las escaleras, los cuadros,
¡qué pensará el gato!

El camino es discreto, pero largo, cansino
faltan estrellas que te guíen
una luz fugaz, que avive
las lenguas besadas de Octubre: mordidas.

Errante por las calles
vagabundo de tu lecho.

Cuando nos quiten la palabra dejaremos de poder amar.
Un poemario desde la liturgia del poderoso deseo de estar.