Sempre insieme

[En vuele que ja no hi eres, amb totes les penes juntes
vais fer-me un dolor de ferro.] Joan Margarit

La noche pesaba más que la ausencia,
la escalera se volvía agotadora
el gato maullaba y mordía,
todo era difícil.

Traidora
la ruleta de la vida.
Redentora una llamada,
una imagen virtual,
sucedáneo de un abrazo,
de un beso.

Pasan los días, las semanas,
muertos y resucitados
los paisajes de una sociedad,
donde agonizaba un viejo mundo.
Y ella estaba ahí.
Sempre insieme.

Tu risa


[Ríete tanto.
que en el alma al oírte, 
bata el espacio.]
Miguel Hernández

Allí cuando la vida es la hazaña de la rutina,
solo una risa puede salvarte de la hoguera
y es el consuelo de la memoria.

Allí es donde mi hija nace como gloria del presente,
y señora del futuro, la alegría de la resurrección
las aves del cielo en bandadas.

No es un milagro que a mi vejez vuelva a ser padre,
después del duelo, la risa vuelve con fuerza,
como un estruendo de fuegos artificiales.

Tu risa me llena de músicas, de trompas y tubas,
arma de sentimiento masivo que me arrasa,
te vivo y me vives como una canción prohibida.

La vanidad de la derrota, convertida
en el renacimiento del amor, de la lengua madre,
de tu risa, Paula, mi sueño recién nacido.

Ilustración: Dibujo Picasso

12 h

[Nos sentamos: la espalda
contra el muro soleado, una pierna
al lado de la otra.]
Machi Tawara

A las doce, era la hora donde la piel estallaba,
como en aquellos fuegos artificiales
del domingo de piñata.
Pero era sobre todo el latir de sus cuerpos
cuando la vida te pasa por encima,
y no te importa la mediocridad miedosa del fugaz momento.

A las doce, cuando la saliva se vuelve deseo
y fluye eléctricamente desde el dedo más lejano del pie
hasta las entrañas, con el pánico de llegar
a las puertas del cielo y no parar.

Todo es mágico a las doce.
Todo es deseo.
Eterno.

Lei

[Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón]
Gustavo Adolfo Bécquer

Fue quizás la invisibilidad con la que tropiezas
o la piel encendida de la madurez.
El encuentro, lo de menos.
Ella.

De su boca emanaba miel golosa,
helado saboreado, el enigma de la mañana.
Siempre especial, sempre insieme,
Ella.

Y pasan los años, los desiertos, las fuentes,
preso y presa del destino.
Pero no te detengas, no mires atrás, esperanza.
Ella.

En el segundo tiempo, con ganas de juego
porque el partido lo vamos a ganar.
La victoria siempre o no será el final.
Ella.

Te quiero lobo, te quiero Caperucita

[El primer beso 
que supo a beso y fue 
para mis labios niños 
como la lluvia fresca]
Lorca

Lobo, lobito,
acércate a mi corazoncito.
Caperucita buscaba su beso,
lo invitó a su casa,
mejor té que café.
Y el lobo se presentó,
y como una amante
ella se declaró.
Ay Caperucita,
eres carne y eres sueño.
te comeré a besos.
Pero el primer beso
será después,
la luna lunera nos bendecirá.
Te quiero lobo.
Te quiero Caperucita.
Ven.

Epitafio para la tumba de un sueño

[Se creía dueño del mundo
y no era dueño de sí mismo.]

Pepe Hierro
Cuando el futuro rompió la calma,
¿fueron aquellos anhelos el fin del camino?

Fugitivo, te echo tanto de menos.
Despiértame del fracaso, del llanto,
déjame que vuelva a imaginarme la vida
sin un reloj impacientado por el duelo.

Ni si quiera, unas ridículas flores de plástico.
Lo doloroso no es morir,
sino hacerlo sin gloria, sin un velorio de plañideras,
sin un epitafio para su tumba.

Ha muerto un sueño,
no hubo misas ¿qué serán de ellos:
semen desahogado, tierra caliente de agosto,
el olor a naftalina? ¿llorarán perdidos en la playa,
en las olas subyugadas por la luna?

Prometo.
Nunca jamás volveré a tener la quimera del hijo abatido,
la del heredero de mi sueño.




Tarde apagada

[esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
el muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,]
Pepe Hierro






Hoy quisiera apagar la tarde,
besar el alma del último viento,
de la última luz
que se come el griterío de los estorninos.
Los rostros perdidos que no volverán,
la memoria del árbol cercenada en estos días,
la ausencia inconsistente de él, de ella.
La rabia impotente.
Ya no hay risas. Las palabras son escasas y huecas.
No todo puede ser instante
desolación, duelo, punto y seguido.
Huelen las peras de la cocina
y el olor del suelo fregado.
Luna adormece, más pasiva,
atornillada a la manta del sofá.
Lleva dentro amor,
resucita con cualquier caricia.
Suena en la radio ¿alguien sabe,
el nombre de esa canción?
- Al calor del amor en un bar.
Los bares, que lugares tan gratos para conversar.
Bailemos pegados amor,
¡no estás!
Nunca estás, son las burbujas,
del champán o será el recuerdo de Bolonia.
Invisible como siempre,
desde la ventana se intuye la luz de un pesquero.
Distancias y miradas, la mar
no tiene límites ni rejas que abrir.
Mi niño sueña, esta esperando,
y yo intento, sin poder, adelantarme,
correr para poder alcanzarle.
Duérmete, en tus manos está el cielo naranja de la tarde.
Ilustración: Lucien Freud

Sicalipsis de verano


[Es una hermosa noche de verano. 
Tienen las altas casas abiertos los balcones].
Antonio Machado


Moscas nocturnas, el silencio caliente.
La lujuria tumefacta, el pecado de verano,
tu desnudez ladina, pícara, soez.

Y la piel parece resbalarse,
pegajosa, maldita,
deseosa de vos, adicta.

En el caldeado berrinche,
el ventilador me acaricia suave,
tu mano y tu boca me buscan.

Algarabía de los sentidos enajenados,
quizás sea el estío más ímprobo,
pero ni el levante más recio nos achara.

No se secan nuestras ansias - Sigue.
Machucado, pero vivo, envergado,
volver a seguir, la piel melada.

Besos recurrentes, repetidos,
vuelve la lengua indulgente, benevolente,
profusa, sicalíptica, subversiva.



Geometría del deseo

Gusto cuadrado, lengua, seno y coseno.
Deseo morboso triangula la piel,
espalda, uñas, rectas, paralelas
trenes al infinito,
ojos circulares que enrojecen.
Lado menor, labio mayor,
hipotenusa que eriza la piel.
meridiano interior, pasión integral.
Proyecta tu amor en mi,
siempre fue así,
fiebre combatida con locura.
Trigonometría esférica de nuestras estrellas.

La teta izquierda

Iba la teta muy coqueta,
escondida, acolchada,
pero sobre todo deseada.
Fue entonces la sorpresa,
quizás no tanto, la costumbre pedía volver a ser, a estar...
El lugar, casi le llevaba a gemir simplemente con su roce,
espléndida toda, protagonista de la escena,
y allí salió ella, abatida ante las manos de su Lobo,
besuqueada, muy ensalivada, mojada,
para dar paso al erizado más seco de su diana,
al oscurecido pezón: abultado.
Mordisqueada, suave, tierna
y como siempre sus ojos se cerraban dulcemente.
El tacto, el sonido, la sensación fue de volver a recuperar la travesura querida.
Caperucita estaba contenta.

Cuando nos quiten la palabra dejaremos de poder amar.
Un poemario desde la liturgia del poderoso deseo de estar.